RUBÉN MALDONADO

Memoria sazonada | Iztapalapa, Ciudad de México | 3 de junio, 2010

La cocina es el primer taller al cual podemos tener acceso para transformar nuestro mundo. Es el espacio destinado a mantenernos vivos de las maneras más creativas posibles. La cocina aún se mantiene como un centro en el que el habitante de la casa puede con cierta libertad experimentar, con el saber e ignorancia de sus manos, los sabores más agradables o repulsivos.

Una receta heredada se nos queda grabada como una historia. Uno prefiere omitir o resaltar ciertos detalles que le parecieron menos o más importantes en el relato. Por más que uno intente contar una historia tal como nos la contaban de pequeños, la mayoría de las veces resulta imposible igualar los matices con los que cada quien interpretaba los hechos. Del mismo modo, los ingredientes adquieren un sabor especial incluso si son estrujados entre las manos o son triturados por un utensilio de metal o madera. Preparar los platillos con paciencia o con prisa, al aventón o meticulosamente, nos lleva a resultados diversos. Por eso me gusta entender la cocina como un cúmulo de prácticas heredadas e inventadas que va rastreando el carácter de los que la usan como campo de experimentación y creación.

Procurarnos hábitos que nos mantengan en una constante manipulación de nuestros procesos vitales nos permite no solamente contemplar nuestro mundo sino modificarlo como se nos hinche la gana. El arte tiene la posibilidad de retomar estos hábitos no como resultados estáticos, contemplables, sino como procesos de vida, como plástica vital.

“Memoria sazonada” es un performance en el cual se aborda el concepto de identidad a través de la cocina, y en específico de varias recetas de mole pertenecientes en su mayoría a mujeres de la tercera edad de la colonia San Juan Cerro. El objetivo era invitar a cada una de las mujeres a que contara cómo había llegado la receta a sus manos y que ofreciera una pequeña porción del mole preparado para una degustación abierta a los habitantes de la colonia.

La degustación y lectura de los relatos se desarrollaron con la amena compañía de un pequeño grupo de marimba, generando una situación en la que la colonia se retroalimentó de las historias que a diario constituyen su tejido comunitario y los sabores que en parte la representan.

Todo finalizó con una votación abierta para nombrar las cinco mejores recetas y premiarlas con partes de una vajilla que previamente yo había fabricado con mis manos. Si el contenido de la muestra había sido producto del saber empírico de las participantes, a manera de intercambio el premio sería un producto del saber contenido en mis manos.